Se acabó la fiesta

Se acabó la fiesta
Se acabó la fiesta.

Se acabó la fiesta

Cómo pasamos en menos de un mes, de la luna de miel, al desencanto, y sin noche de bodas.

 

Hace un mes vivimos una de las fiestas democráticas más importantes de cuando menos los últimos veinticinco años. El 64% de los ciudadanos, salimos a ejercer el derecho y obligación que tenemos de emitir nuestro sufragio, en una de las elecciones más grandes de la historia para elegir a más de cuatro mil funcionarios en todo el país, pero en donde todos elegimos a quien dirigiría las riendas de nuestros destinos y del país durante los próximos seis años, me refiero al próximo presidente de la República.

 

El triunfo de López Obrador es innegable, inobjetable, fue una mayoría abrumadora y ante eso no hay nada que decir. No hay duda alguna de su contundente triunfo y de la legitimidad de su victoria. Sin embargo, apenas a un mes de esa gran fiesta, de ese “enlace matrimonial” entre el 53% de los electores y el virtual presidente electo, las acciones de estos treinta días empiezan a generar, por decir lo menos, serias dudas y observamos que dista mucho lo que nos ofreció si nos “casábamos” con él, de lo que se ve y demuestra de cómo realmente será nuestra vida matrimonial con el próximo gobierno, es normal dirían algunos.

 

Más allá de la emoción o esperanza que aún permanece en la mayoría de los ciudadanos, en el fondo hay inquietud e incertidumbre acerca de ese matrimonio, porque la etapa del enamoramiento ya acabó, desconocemos qué pasará, no sabemos si va a cumplir o no lo que nos prometió (no mentir, no robar, no traicionar), no sabemos si va a poder o va a querer cumplir sus promesas, es muy pronto lo sabemos, es difícil saberlo, pero es muy sencillo percibirlo.

 

Hoy, aún en plena luna de miel, las complejidades del matrimonio alcanzaron a Andrés Manuel, y el presidente electo está tomando decisiones muy difíciles, extremadamente importantes, pero no necesariamente acertadas, además de que no son propias de esta etapa. López Obrador se encuentra abrumado y vive un intenso desgaste; Sus decisiones y en ocasiones arrebatos, han dejado a la vista de la opinión pública, el verdadero rostro de López Obrador. El presidente electo, ha empezado a vivir y sufrir, lo que significa ser gobernante y no candidato, en menos de un mes se ha retractado de cuando menos cinco de sus ocho grandes promesas de campaña, ha atacado a las instituciones que antes había reconocido y elogiado, se vio envuelto en un escándalo mayor de corrupción, llevará al Congreso a personajes de dudosa reputación y procedencia, y ha propuesto a funcionarios tan deleznables como cuestionables al frente de dependencias muy importantes.

 

Con las decisiones tomadas hasta este momento y las posturas adoptadas por el presidente López Obrador frente a las complejidades del país, parece que no ha habido ni siquiera oportunidad de tener la tan esperada noche de bodas. Nadie ha dicho, ni pensado siquiera, que el matrimonio es fácil, ni mucho menos es fácil gobernar, pero eso lo sabía muy bien Andrés Manuel, y cuando menos lo primero, también los sabíamos los electores, así que no nos podemos desdecir ni echar para atrás, lo hecho, hecho está y hoy tenemos que avanzar, seguir adelante y confiar.

 

Se acabó la fiesta, desde la luna de miel, quizá no queremos ver lo que vemos,  no queremos sentir lo que sentimos, ni queremos imaginarnos que se cumpla lo que hoy percibimos,  eso elegimos y hoy nos toca a todos proponer, trabajar, luchar y construir de la mano del presidente (claro si él quiere y lo permite), un mejor país para que esto funcione, nadie en su sano juicio pretendería que le vaya mal a alguno de los contrayentes, si le va mal a López Obrador, nos va mal a todos; si  nos va mal a todos, le va mal a López Obrador, así de sencillo.

 

Aún faltan cuatro meses para el 1º de diciembre, cuatro largos meses y seis años para que López Obrador y su gabinetazo, demuestren que no era sólo el enamoramiento, sino amor de verdad.

 

Al tiempo.